
El 53% de los periodistas españoles que ya usan inteligencia artificial generativa (IAG) señala la deformación de la realidad —información falsa, falta de rigor, fuentes poco fiables— como el problema más grave que introduce en su trabajo, frente a un 50% que destaca el ahorro de tiempo como su principal ventaja. Son los primeros resultados de una encuesta a 358 periodistas dirigida por Javier Mayoral Sánchez y Montse Mera-Fernández, de la Universidad Complutense de Madrid, junto con João Canavilhas, de la Universidade da Beira Interior, que Mayoral ha detallado a esta redacción.
El estudio partió de dos preguntas abiertas sobre las ventajas y los problemas de la IAG frente al periodismo clásico, con 313 y 322 respuestas respectivamente. La rapidez y el ahorro de tiempo fueron citados por 180 periodistas como ventaja; la información falsa, la falta de rigor y la calidad dudosa de las fuentes, por 189 como problema. «Como aproximación», resume Mayoral, la mitad de los encuestados señaló ventajas relacionadas con la gestión del tiempo, y el 53% planteó problemas relacionados con la deformación de la realidad.
Sin plan ni diálogo
El desequilibrio se agrava, según los datos que el equipo investigador ha publicado, por la ausencia de política de empresa: seis de cada diez periodistas encuestados afirman que en su redacción no ha habido debate formal sobre el uso de la IAG, y cerca del 75% no ha recibido ninguna formación específica. En consecuencia, la mitad de quienes ya usan estas herramientas dice haberlas incorporado por iniciativa personal, y solo un 34,6% señala que fue su empresa quien se las facilitó.
Parece haberse impuesto un uso de la IA que dependía de la voluntad de las empresas periodísticas, por un lado, o de los trabajadores, por otro. Eso significa que no existen, en la mayoría de los casos, planes definidos y sólidos de implantación de la IAG en las redacciones
Javier Mayoral Sánchez, profesor de Redacción Periodística, UCM
Mayoral apunta una salida concreta, no solo un diagnóstico: extender el diálogo con los periodistas sobre para qué usar la IAG, con qué límites y con qué cuestiones éticas de por medio, y ampliar la formación específica en este campo. La alternativa, dice, es dejar que la implantación la decida cada redactor por su cuenta.
El gabinete, dentro de la muestra
De los 358 encuestados, 24 —un 6,7% de la muestra— trabajan en gabinetes de prensa o comunicación institucional, no en redacciones; el artículo publicado no distingue sus respuestas por esa categoría, aunque sí segmenta otras preguntas por medio, formación o sexo. Para un departamento de comunicación, el dato tiene lectura directa: la redacción con la que se negocia un contraste, se envía una nota o se gestiona una crisis no usa la IA de forma homogénea ni gobernada, sino según el criterio —o la reticencia— de cada periodista, sin que exista todavía un patrón de empresa que lo explique.
Preguntado por qué mediría si repitiera hoy el estudio, Mayoral señala una pregunta que esta redacción le trasladó y que sus datos actuales no resuelven con una cifra única: si el tiempo que la IAG ahorra en tareas mecánicas compensa, o no, el tiempo adicional que exige comprobar lo que produce. «No podemos responder a esa pregunta con respuesta numérica o precisa», admite, y propone introducirla de forma explícita en una próxima edición de la encuesta, junto con un seguimiento más fino de las cuestiones éticas y deontológicas que ya asoman en las respuestas abiertas de los periodistas.
Fuentes
- Mayoral-Sánchez, J., Mera-Fernández, M. y Canavilhas, J. — Inteligencia artificial generativa (IAG): uso y percepción de los periodistas en España, Revista Mediterránea de Comunicación, 17(1), e30213 (2026)
