El CIPR fija los fallos de inclusión digital que la ley ya exige

El informe del CIPR sobre comunicación inclusiva llega mientras en España la Ley 11/2023 de accesibilidad ya es exigible: dos capas distintas que convergen sobre el mismo departamento.

Ilustracion editorial de una puerta entreabierta con varios ojos de cerradura distintos, uno de ellos resaltado en rojo

El Chartered Institute of Public Relations (CIPR) británico publicó el 13 de agosto un informe que identifica cuatro fallos recurrentes en cómo las organizaciones comunican sus servicios digitales a comunidades diversas: dar por hecho un idioma y un bagaje cultural compartidos, la baja representación en historias e imágenes y entre quienes dan la cara, la desconfianza heredada de exclusiones pasadas, y campañas cortoplacistas que no construyen relación duradera. El estudio, firmado por Olushola Adetutu con financiación del propio CIPR, combina diez entrevistas en profundidad, encuestas a profesionales del sector y tres casos aplicados en organizaciones de Escocia.

La coincidencia de fechas no es casual, aunque las dos cosas midan planos distintos. En España, la Ley 11/2023 —transposición de la directiva europea de accesibilidad— obliga desde el 28 de junio de 2025 a que páginas web, apps y servicios digitales cumplan estándares técnicos de accesibilidad para personas con discapacidad. Lo que el CIPR describe es otra capa, más difícil de auditar con una checklist: no si la web se lee con un lector de pantalla, sino si el mensaje da por supuesto un lector concreto —su idioma, sus referencias, su confianza previa en la organización— y deja fuera a quien no encaja en ese molde.

Ninguna ley obliga todavía a nada parecido a lo que mide el CIPR, y es poco probable que lo haga pronto: la inclusión cultural no se certifica con una norma técnica como la EN 301549 que ya exige la accesibilidad web. Pero la presión converge desde dos direcciones a la vez —el cumplimiento normativo por un lado, el escrutinio profesional del propio gremio por otro— y esa combinación es, históricamente, la que empuja a una práctica incómoda a convertirse en estándar. El propio informe lo empaqueta ya como herramienta de trabajo: un Digital Inclusion PR Toolkit con comprobaciones de partida, pautas de lenguaje inclusivo y marcos de cocreación con las comunidades a las que se dirige.

Para un departamento de comunicación en España, la lectura práctica tiene dos capas que conviene no confundir. La primera es de cumplimiento y ya es exigible: si la web o la app de la organización no supera la EN 301549, hay una obligación legal incumplida, no una buena práctica pendiente. La segunda es de criterio, y es la que señala el CIPR: auditar el propio discurso —a quién se dirige por defecto, en qué imágenes se representa, qué historias cuenta y cuáles calla— con la misma disciplina con la que hoy se audita el tono de marca.

La accesibilidad se puede certificar con un estándar técnico. La inclusión, no: se demuestra, informe tras informe, en quién sigue sin sentirse interpelado por lo que la organización cuenta.

Fuentes