
El 72% de los directores generales españoles afirma que la comunicación interna ya es una palanca estratégica para su empresa. Pero cuando se pregunta a quienes la ejecutan día a día, solo el 17% comparte esa percepción: el 83% restante dice que su función todavía no ha llegado a ese estatus. Es el hallazgo central de la sexta edición del Informe de Comunicación Interna de Dialenga, presentado el 30 de septiembre, la primera vez que el estudio cruza las respuestas de Dirección General con las de los equipos de Personas sobre los mismos retos.
La señal no es solo de percepción: tiene condiciones de entrada. El 86% de los CEO exige ver un impacto directo en los resultados de negocio antes de fijar la comunicación interna en su agenda, y más del 65% de los directivos señala la implantación de tecnología y procesos como el terreno en el que más apoyo necesita de las áreas de Personas y Comunicación. El dato que mejor resume el desajuste: el 57% de los equipos presta más atención cuando el propio CEO se implica directamente en la comunicación diaria, es decir, la credibilidad de la función depende todavía de que la jerarquía la respalde en persona, no de que se la reconozca por sus resultados.
Esta brecha entre discurso directivo e infraestructura real no es exclusiva de la comunicación interna. Marketing llevó años el mismo recorrido: de función necesaria pero no medible a justificar presupuesto con atribución de ingresos. La comunicación corporativa externa está en ese tránsito ahora mismo, con el auge de marcos como los Barcelona Principles que intentan sustituir el equivalente publicitario por métricas de resultado. La comunicación interna, según este informe, va un paso por detrás: sigue discutiendo si tiene sitio en el organigrama estratégico, no todavía cómo demostrar su retorno.
Mientras el indicador que use un departamento de comunicación interna sea la apertura de un mensaje y el que exija un CEO sea el impacto en el negocio, la conversación sobre presupuesto seguirá siendo dos monólogos simultáneos. El informe de Dialenga no predice cuánto tardará en cerrarse esa brecha, pero sí marca su dirección: los equipos que empiecen a hablar en términos de adopción, productividad o retención —no de clics— tienen más opciones de entrar en la conversación donde se deciden los presupuestos. Los que no lo hagan seguirán necesitando que el CEO aparezca en persona para que alguien les preste atención.
La implicación para cualquier responsable de comunicación, interna o no, es concreta: la próxima vez que se discuta presupuesto, la pregunta que hay que anticipar ya no es cuánta gente abrió el mensaje, sino qué cambió en el negocio porque se envió.
